De los talleres de APAC en su natal Vallegrande a la consolidación de su propia compañía en Colombia, el actor, director y dramaturgo boliviano Fernando Morón repasa su camino artístico, comenta acerca de las distintas técnicas aprendidas y el compromiso de convertir historias regionales como la de la comunidad menonita a un lenguaje universal.

Oscar Leaño: ¿Cómo es que nace tu relación con el teatro?
Fernando Morón: Mi relación con el teatro nace por accidente, como le sucede a casi todas las personas que terminan dedicándose a esto. Una serie de situaciones me llevó a acompañar a un amigo a un taller de teatro organizado por APAC en el pueblo donde nací, Vallegrande. Cuando llegué, esa tarde nunca más volví a salir del teatro.
O. L: ¿Podrías hacer un resumen de tu recorrido artístico hasta la fecha?
F. M: Inicié a mis 15 años en los talleres de APAC en el año 2008, me guiaron los profesores Ricardo Guillén y Selma Baldivieso y me enseñaron que este arte puede ser una carrera seria. Luego fui parte del elenco “Teatro sin Sombra” decidí viajar a Santa Cruz de la Sierra para pertenecer al elenco del Colegio Bautista Boliviano Brasilero gracias a todo el esfuerzo ganamos el premio a mejor actor en el festival “El Pauro”. Posterior a ese acontecimiento, ingresé a la Escuela Nacional de Teatro e hice el nivel de técnico superior en actuación ahí tuve la oportunidad de conocer grandes maestros como Muriel Roland, Marcos Malavia y Alfonso Pindado. Paralelo a mi formación en la Escuela de Teatro, actué en “Salamandra Teatro”, “Teatro Andrónico” y “Teatro A-Luk” hasta que me animé a mudarme a Colombia reclutado por el “Teatro el Paso” de Pereira. Años después fundé mi propio grupo, El “Teatro Reina”, donde puedo escribir y dirigir mis propios textos.

O. L: ¿Qué es lo que te lleva a vivir en Colombia y cómo sientes que ha aportado a tu trabajo profesional?
F. M: Vine gracias a una invitación del director de “Teatro el Paso”. Siento que me abrió un mundo de posibilidades porque conocí otras maneras de hacer este oficio y comprendí cómo es el teatro en el mundo. Me ayudó a entender que este es un oficio muy duro pero con disciplina y esfuerzo se puede lograr vivir del teatro.
O. L: ¿Cómo percibes que se mueve el mercado cultural en Colombia y cuál es la comparación con el teatro boliviano?
F. M: El mercado colombiano se mueve bastante porque hay un sistema de convocatorias que te permite estar activo constantemente y hay mucho apoyo para grupos y salas. Noto dos diferencias: la primera, es que en Colombia hay muchas universidades para estudiar teatro a nivel profesional y la segunda, es el sistema de incentivos permite no empezar a crear desde cero. Es por eso que en Bolivia urge una ley de espectáculos públicos en pro del arte.
O. L: ¿Cuáles son las herramientas que te llevaste de la Escuela y que hoy consideras tu mayor ventaja competitiva frente a profesionales de otros países?
F. M: Considero que la formación de la Escuela es diferente, siento que te enseña disciplina y constancia. Esas armas te ayudan en el extranjero porque te abre camino, te permite trabajar con seriedad en un ambiente competitivo.
O. L: ¿Cómo fue el choque entre tu formación boliviana y la metodología de trabajo colombiana?
F. M: El teatro colombiano se caracteriza mucho por la imagen. En la escuela el trabajo está en el texto atravesando el cuerpo, interiorizar para exteriorizar; al contrario de lo que siento en Colombia. En un inicio fue un choque, pero aprendí y pude sacar ventaja de ambos.
O. L: ¿En qué momento sentiste que las herramientas de la ENT fueron tu balsa de salvación en el mercado extranjero?
F. M: Siento que la disciplina y la constancia de la formación son las que te permiten trabajar con seriedad en ambientes competitivos fuera del país.

O. L: ¿Cómo influye que seas un artista multidisciplinario (director, actor, luminotécnico) al momento de escribir un texto de teatro?
F. M: Influye mucho, porque sin querer te obliga a ser «todólogo» si fuera por mí, solo me dedicaría a escribir, dirigir y de vez en cuando actuar.
O. L: ¿Qué es lo que te lleva a escribir la obra “Solas en el paraíso”?
F. M: La obligación de cumplir el requisito de la tesis para obtener el título de licenciado, pero se convirtió en una pasión al investigar y empatizar con el suceso horroroso de la comunidad menonita. De esa manera, asumí el compromiso y deber como artista. Nunca quise contar una historia real, sino crear una ficción a partir de ello y estoy contento con el resultado.
O. L: ¿Vivir en Colombia te dio una perspectiva distinta para abordar este conflicto tan arraigado en Bolivia?
F.M: Por supuesto, la distancia te da un panorama más amplio y ayuda a considerar cosas que estando en Bolivia no tomaría en cuenta. La distancia potenció el discurso porque lo volvió universal y ese era mi mayor objetivo.
O. L: ¿Qué esperas que suceda en la audiencia boliviana cuando se apaguen las luces y el silencio de la comunidad menonita se rompa en el escenario?
F. M: Que viajen a través de la historia, se dejen llevar por las emociones, luego vayan a casa y se enfrenten al eco.
O. L: Si pudieras volver a los pasillos de la ENT y hablar con el Fernando que recién empezaba, ¿cómo le describirías el impacto que tendrá su formación en su capacidad de dirigir equipos internacionales hoy en día?
F. M: Debe confiar en sus capacidades porque las cosas llegan y suceden, siempre y cuando mantenga el amor por este oficio y lo más importante, no se trata de ser el mejor, sino sincero.
De esa forma Fernando sigue navegando en las aguas del arte, usando como remos su creatividad. Sin duda, su formación en la Escuela Nacional de Teatro es la balsa que le ayuda a construir su barco para seguir avanzando.
