En el panorama del teatro contemporáneo, montar a Molière siempre supone una declaración de principios. Hacerlo en Bolivia, adaptando El matrimonio forzado al contexto local, trasciende la mera ejercitación académica: se convierte en un pretexto vital y estético para que la nueva generación de actores de la Escuela Nacional de Teatro ponga a prueba las vísceras, la voz y la mirada.

Bajo la guía pedagógica y directorial de Marcos Malavia, este proyecto de egreso de los estudiantes de tercer año aborda la célebre sátira sobre las presiones sociales, la hipocresía del matrimonio por conveniencia y el absurdo del dogma. En un presente convulso, donde las instituciones y las mandatos sociales continúan asfixiando el deseo individual, reinterpretar este texto desde una perspectiva boliviana no solo democratiza el clásico, sino que confronta al espectador con sus propias contradicciones cotidianas.

La arquitectura de la máscara: del perineo al vacío de la mirada
El eje metodológico del montaje reside en el trabajo de la máscara, un territorio complejo enriquecido por la vasta trayectoria de Marcos Malavia y alimentado constantemente por el pensamiento escénico de Omar Porras. Lejos de ser un ornamento figurativo, la máscara exige una mutación ontológica: el actor debe perderse en ella para permitir que el personaje emerja.
Este viaje requiere cruzar un umbral. Como suele citarse en los ensayos al evocar la praxis de Porras, entrar a la máscara exige una «patada», un quiebre deliberado que proyecta al intérprete desde lo cotidiano hacia lo extraordinario. Para habitar este nuevo estado, la mirada desde la máscara se convierte en la brújula fundamental a través de tres posiciones esenciales:
- Primera posición: Busca los ojos del otro y construye la existencia a partir de los otros, los compañeros o el público.
- Segunda posición: Conecta con el vacío de los pensamientos, el espacio del silencio interior.
- Tercera posición: Da paso a la duda, articulando una mirada inestable que navega entre múltiples estímulos.
La voz de la máscara no se impone; se escucha. Nace del propio objeto y se enraíza en el cuerpo. Inspirado en filosofías orientales, el trabajo del actor sitúa el origen de la energía en el perineo (el chakra raíz), el centro gravitacional que conecta la pelvis con la tierra. Desde esta base física se canaliza el impulso vital que sostiene el peso de la máscara, transformando la respiración y la resonancia vocal en una fuerza primaria.

El vértigo de la palabra y la resignificación del «trabajo»
En el proceso formativo, a diferencia de la producción profesional orientada a la optimización de tiempos, la construcción escénica exige pausas, distanciamientos y reencuentros sistemáticos con el texto. Este proceso, el montaje del Matrimonio forzado, fue iniciado por el Director General de la escuela en abril de este año y luego del trabajo de uno de los docentes de la ENT, Christian Castillo, fue retomado en el presente mes. Este proceso permitió que la dirección vea con otra perspectiva la obra, la interpretación de los actores y la puesta en escena.
El trabajo de Marcos Malavia en cada ensayo, se caracteriza por la mezcla de dirección de actores, la plástica del montaje y la constantes reflexiones filosóficas sobre la pasión y la profesión.
En este espacio de búsqueda surge una interrogante crucial sobre el significado del texto dramático: la palabra debe ser una pregunta suspendida en el aire antes de ser pronunciada, habitando ese instante de vértigo donde el actor no sabe qué ocurrirá al decirla.
Asimismo, durante las jornadas de ensayo se ha interpelado la naturaleza misma de la labor teatral a través de su etimología. La palabra trabajo proviene del latín tripalium, un instrumento de tortura de tres palos utilizado en la antigüedad. Mientras que el trabajo convencional ha quedado ligado a la servidumbre y al esfuerzo doloroso, la práctica del actor subvierte esta noción: actuar exige un compromiso riguroso, pero su motor fundamental es el placer del juego, la entrega desinteresada y el gozo de la creación.
El Matrimonio forzado no es solo la puesta en escena de un texto clásico; es un rito de paso.
Con este proyecto, los estudiantes de la Escuela Nacional de Teatro no solo reafirman su vocación, sino que experimentan el teatro como lo que verdaderamente es: un territorio de riesgo, revelación y profunda libertad.
